Recientemente, tuve ocasión -gracias a DIOS- de visitar Sudáfrica. A lo largo de dos semanas, con mi padre y uno de mis hermanos recorrimos más de 2.000 kilómetros en automóvil. En nuestro periplo, atravesamos gran parte de las enormes extensiones rústicas (cuando no, simplemente salvajes) del inmenso país africano; pasando y recalando en algunas urbes de gran tamaño (Johannesburgo, Ciudad del Cabo y Durban, entre otras), como también en varios de los pueblos y aldeas que se encuentran salpicados sobre aquellos variopintos parajes.
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